Archivo | 7:17 am

Fábulas y torrijas.

18 Abr

Siempre hay cerca del desayuno algún librillo de lectura rápida,  sabiendo que no me va a enredar demasiado tiempo la concentración (la cocina a esta hora está muy visitada). Me gusta así la lectura en este tiempo del café, porque además, tengo la oportunidad de contar enseguida a quien esté cerca lo que acabo de leer.

 

En estos días me apetecía leer fábulas y recordarlas. Algunas tenía en mi memoria, pero en realidad la mayoría estaban rondando sin que pudiera desenredarlas claramente hasta el final.

También como podéis ver, he tenido torrijas. Éstas han sido las últimas. Riquísimas. Hechas por mi cuñado. Y he descubierto con las torrijas cómo es posible querer y odiar al mismo tiempo a una misma cosa: no puedes resistirte a comer una más, jurándote que será la última y sabiendo que será una trola de las gordas.

 

El libro de oro de las fábulas

Selección y versiones de Verónica Uribe

Ilustraciones de Constanza Bravo

Editorial Ekaré, 2014

Yo me decanto por las fábulas de animales. Me gustan especialmente, aunque también se consideren fábulas aquéllas en que aparecen personas, dioses o elementos de la naturaleza como árboles, el sol o el viento. Tendemos a personificar a los animales con más facilidad y atribuimos con frecuencia a personas algunas características de los animales. Pronto entras en el juego.

Las fábulas son fáciles de aprender si te lo propones, pues son relatos cortos, austeros y libres de descripciones. Enseguida van al grano. Por tratarse de relatos morales han sido muy populares a lo largo de los siglos y  desde las primeras fábulas de las que se tiene noticia procedentes de Mesopotamia, se transmitieron de modo oral.
Estoy segura que ya estás haciendo recuento de las fábulas que te sabes. En este libro encontrarás 20 fábulas; 15 de ellas pueden atribuirse a Esopo y las otras cinco de Babrio, Fedro, Samaniego y de La Fontaine.

Las fábulas de Esopo no llevaban moraleja ya que se suponía que la enseñanza fluía de forma natural del relato; pero otros consideraron necesario hacer explícito el sentido moral de la historia, agregando un verso o una frase al final del relato. Prácticamente han quedado todas con esta coletilla tan característica en este género, convirtiéndose en muchas ocasiones en dichos populares.

 

Esopo no fue el primer fabulista, pero sí el más popular y el que dió a este género su forma clásica. Sus fábulas se usaron en la Grecia antigua para ejercicios de retórica y gramática y se escribieron por primera vez en el año 300 a.C., por Demetrio de Falero, en griego y en prosa.
El manuscrito del monje Máximo Planudes del siglo XIV en que reunía 150 fábulas atribuidas a Esopo y titulado Vida de Esopo, fue uno de los primeros libros publicados en el año 1475 con la invención de la imprenta.

Desde entonces hasta nuestra época las fábulas esópicas han sido traducidas y versionadas en todas las lenguas y forman parte de la cultura cotidiana de muchos pueblos.

Y aquí están en casa, siendo protagonistas desde temprano.

Leer una fábula es un pildorazo. Sucede que el relato es intenso, tiene ingenio y hace reflexionar sobre la tolerancia, la prudencia o la generosidad y se critican, entre otras cosas, la avaricia, el abuso de los poderosos y la ingratitud.

Pero también es cierto que a veces, una fábula es como tragarte un sapo. Me quedo un poco recelosa tras la lectura pensando en que debemos desconfiar de los demás, que siempre habrá algún listo que nos quiera engañar o que soñar, como la lechera, nos conduzca irremediablemente a la catástofre.

¡Ay! Que a veces con las fábulas me pasa como con las torrijas: las quiero y las odio al mismo tiempo.

  • Puedes leer desde este enlace, otra entrada sobre las bonitas fábulas de Félix de Samaniego en Biblioabrazo.

 

A %d blogueros les gusta esto: